La tierra que me vio nacer

 

Paseaba siempre por las largas y transitadas calles de Barcelona, como forma de evasión, refresco mental. Sus pasos la dirigían hacia sí misma en busca de repuestas. Ella, Loli, una muchacha alegre, dicharachera, la sonrisa acudía a su rostro con frecuencia y transmitía esa energía y buen rollo que hace que otros buscasen su compañía.

Aunque de un tiempo a esta parte su ser interior había cambiado por avatares y decisiones personales, por lo que ahora no se reconocía.

Se había transformado en una mujer triste, apagada, sin ilusión, sin luz. Tocada por la decepción, sin apenas fuerzas para continuar. Su naturaleza, sin embargo, se negaba a admitir que sola no podía salir de esa oscuridad que le nublaba la razón y la esperanza.

Una vida rota, un amor apasionado, cegador, la dejó en coma profundo. No podía seguir así. Un viaje a casa, al hogar fue el mejor regalo de Navidad. Su tierra, sus raíces, los lazos familiares la esperaban allí para tratar la enfermedad del alma.

 

 

Salamanca, la tierra que la vio nacer, fue testimonio de un cambio. El que se fue produciendo poco a poco hablando del dolor, reconociendo que estaba pérdida y reconduciendo su camino, la senda que un día abandonó ante la falta de fe y de creer en sí misma.

Las conversaciones, la compañía de hermanos, allegados, el calor, el amor, el desprendimiento de los propios miedos, obraron el milagro por la vida y el renacer del espíritu.

El retorno a casa fue como haber vuelto a nacer, segura, tranquila, renovada, en pocas semanas encontró trabajo, ese que se negaba a llegar, cambiando así también todo su entorno con la salida del nuevo sol, en su vida.

 

 Manuela García Cano

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