Américo Vespucio no dio su nombre a América

El nombre de América no se debe a la voluntad de Américo Vespucci, ni a la de un vikingo ni a la de un comerciante inglés. El topónimo, que por primera vez se usó en 1507, es resultado de un gran éxito editorial, de una campaña propagandística de Portugal y de las pretensiones imperiales de su rey.

En dicho año de 1507, muy cerca de Estrasburgo, un grupo de intelectuales reunidos bajo el patrocinio del duque René II de Lorena, vasallo del emperador alemán Maximiliano I, publicó un pequeño libro y un mapa con los últimos descubrimientos ultramarinos. La primera parte del texto era una Introducción a la Cosmografía de Claudio Ptolomeo, a la que seguía una traducción al latín de las Cuatro navegaciones del piloto florentino Américo Vespucci, quien había viajado al Nuevo Mundo bajo bandera de Castilla y después de Portugal. En el libro se argumentó que aquella “cuarta parte” del orbe se podría designar América, “derivando su nombre de Américo su descubridor (hombre de ingenio sagaz), ya que además Europa y Asia recibieron sus nombres de mujeres”. Por otro lado, en el referido mapa, titulado Universalis Cosmographia, también se estampó por vez primera el nombre “América”. Aprovechando las facilidades que proporcionaba la recién inventada imprenta, ambos documentos y sus secuelas se propagaron rápidamente por toda Europa.

Tradicionalmente, se ha atribuido a Matthias Ringmann y Martin Waldseemüller, autores de dichos materiales, la responsabilidad sobre aquel feliz bautismo. Sin embargo, lejos de ser una ingeniosa idea, la elección respondía a un juego de circunstancias e intereses. El joven Waldseemüller era discípulo de Gregor Reisch, entonces consejero y confesor del emperador, quien estaba vinculado a la familia real portuguesa: Maximiliano era hijo de Leonor de Avis, infanta de Portugal y tía del rey luso Manuel el Afortunado. Por esa vía, Waldseemüller habría tenido acceso al flujo de informaciones que, sobre los descubrimientos portugueses, estaban llegando a la corte imperial. No es casual que “América” se grabase sobre la tierra que hoy llamaríamos Brasil, ni que se reproduzcan con fidelidad la geografía y la reciente toponimia que estaban dando los cosmógrafos lusitanos en sus mapas (Imagen 1).

Imagen 1. Detalle del mapa Universalis Cosmographia de Martin Waldseemüller (1507).

El rey don Manuel sabía que la cartografía era un instrumento fundamental para la propaganda y la diplomacia. Apenas hacía una década que, sobre un mapa, se había decidido qué mitad del orbe correspondía a cada reino de la península Ibérica. En la mente del monarca Afortunado resonaban campanillas celestiales que le insuflaban un espíritu mesiánico y unas aspiraciones casi imperiales (Imagen 2). La artimaña consistiría en robar el protagonismo a Castilla y a Cristóbal Colón, “descubridor material” del Nuevo Mundo, atendiendo, en cambio, a la “invención intelectual” que le se atribuyó a Vespucci, presentado ahora como un agente portugués. Para ello, se aprovechó el tirón editorial que estaba teniendo el best seller con las relaciones de viaje del florentino, Mundus Novus, de donde se entresacaron las noticias de su etapa al servicio de Portugal (1501-1504). A pesar de que Vespucci no se atribuía ningún descubrimiento como propio, e incluso hacía referencia las anteriores campañas de castellanos y portugueses, aquellos eruditos del norte de Europa no dudaron en conferirle el mérito del “descubrimiento”. De esta suerte que, en 1505, Ringmann ya había ligado ambas ideas: la nueva tierra “descubierta por el rey de Portugal [y] que se presenta en el libro de Américo”.

Imagen 2. Detalle de la Carta Marina Navigatoria de Martin Waldseemüller (1516), donde se representa al rey de Portugal como “emperador de los océanos”.

El ascenso de Carlos V al Sacro Imperio truncó aquellas argucias cartográficas de los portugueses. Como siempre ocurre, el pasado habría de reescribirse desde el lado vencedor y nuevos autores revisarían la historia del “descubrimiento”. Sin embargo, con cierto interés, los cronistas no se zafaron completamente del lastre historiográfico de la generación anterior. Mientras se arrinconaba la figura del malogrado Colón, cuya familia pleiteaba ciertos privilegios con los monarcas españoles, los cosmógrafos siguieron reconociendo a Vespucci haber sido el primero en darse cuenta de que aquello era un “Nuevo Mundo”. Así pues, para escribir la historia a favor del nuevo mandamás, la estrategia radicó en retrotraer el momento de la “invención” de América al de la participación del florentino en una singladura española, en una fecha anterior a su etapa portuguesa. De esta forma, durante la primera mitad del siglo XVI, no será extraño encontrar en algún tratado que América “tiene su nombre por su descubridor Amerigo Vespucio [y] fue descubierta en el año de 1497 por mandato del rey de Castilla”.

Mientras su apellido era manoseado para dar gloria a otros, probablemente, Vespucci pasase sus días completamente ajeno a su padrinazgo en aquel bautizo. Desde 1508 hasta su muerte en 1512, trabajó en Sevilla como piloto mayor en la Casa de la Contratación, siendo el máximo responsable de las rutas y navegaciones de los castellanos a “su” Nuevo Mundo.

Jose

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